lunes, 27 de junio de 2016
Me acerqué a ti, descalza y de puntillas sin darme cuenta como hago cuando me siento realmente cómoda y en casa. Así, despacito y en silencio y aplastando las ganas de husmearte el espacio entre tu nuca y el nacimiento de tu espalda. Posé las palmas de mis manos a tres milímetros de tu cabeza prohibiéndoles traspasar esa línea divisoria que hay entre mis intenciones y tu tacto, pero dejando a la yema de mis dedos, que susurren tu nombre en el aire. Me incliné y te olí el pelo. Tus hombros sufrieron la ternura de mi respiración entrecortada a propósito y en ese instante, sonreíste como si hubieras recordado un destello de algo feliz, quedandote en paz, como en una buena ducha...
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